Hace mucho no escuchaba ni veía un videoclip de Michael Jackson. Hoy, para matar el tedio en el laburo, el capo puso un dvd que consiguió días atrás, en medio de la avalancha "todos queremos recordar a Michael", como si se hubiera muerto antes y esto sólo hubiese servido para recordarnos que sí, existió. Y que, además, fue un artista de alto nivel.
Mi primera experiencia con Michael (al menos que yo recuerde, no lo tengo muy claro antes de eso) fue cuando cumplí 15 años y mamá me regaló un flamante equipo de música y con él, mi primer cd: Dangerous. Lo escuché una y mil veces, lo llevé y lo traje, leí el booklet hasta aprenderme cada pequeño detalle de la sobrecargada portada. Cómo me gustaba.
Y ése fue todo mi romance con el pop. Después, vinieron el rock y el tango, el metal y el folklore, Morrissey y Chopin; y el pop, con su única estrella (al menos para mí) sumida en el fango de la realidad perversa, acabó en lo profundo de mi repertorio de pasiones.
Pasaron los años y veía con tristeza al gigante convertirse en caricatura, al genio creativo convertirse en pasto de la prensa chatarra. Pasaron las demandas, los juicios, el oprobio y la absolución (pero no la humillación pública), la familia, el bebé en el balcón, y ya nadie recordaba al artista, al hombre que hizo de un género enlatado un arte. Su nombre era objeto de burlas y chistes macabros y burdos.
Hoy, mirando esa increíble coreografía en Bad, escuchando Man in the Mirror y viendo a ese joven delgadito mover sus articulaciones de manera fluida y grácil, recordé con cariño y pena a aquél Michael, el filántropo hermitaño, el eterno hombre-niño de la sonrisa gigante y la tristeza en los ojos. De corazón deseo que ande por ahí, retozando en algún jardín mágico, rodeado de unicornios y pajaritos, encontrando la paz que nunca supo encontrar entre nosotros, los que devoramos cada pedazo de él.
Chau, Michael, y gracias.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario